En Colombia, hablar de innovación ya no es un lujo académico; se ha convertido en un tema de competitividad y supervivencia empresarial.
A pesar de eso, el país sigue lejos de su propia meta: en 2022, Colombia invirtió apenas 0,21 % del PIB en actividades de I+D, mientras que el promedio de los países de la OCDE rondó el 2,71 % en ese mismo año.
La Política Nacional de CTI definida en el CONPES 4069 se propuso que, para 2031, la inversión llegue al 1 % del PIB.
Los datos muestran que el sector empresarial ya es protagonista: en 2021, las empresas invirtieron cerca de 1,9 billones de pesos en I+D intramuros, lo que corresponde al 57 % del total nacional, según el DANE.
El problema, por lo tanto, no es la ausencia total del esfuerzo, sino la forma en que el esfuerzo se organiza. Muchas compañías continúan relacionándose con la innovación a partir de convocatorias aisladas y no desde una estrategia continua.
Este texto trata precisamente de ese giro: pasar de la lógica de “correr detrás de cada PDF de convocatoria” a construir una cartera continua de proyectos de innovación, aprovechar mejor las convocatorias, los beneficios tributarios y las líneas de crédito de desarrollo.
El riesgo de vivir “a punta de convocatorias”
En muchas empresas colombianas, el ciclo se repite casi siempre de la misma manera: alguien reenvía por correo electrónico o WhatsApp una convocatoria de Minciencias; algún gerente la considera “interesante”, se arma un equipo a las carreras y se escribe un proyecto en tiempo récord, muchas veces sin un diálogo profundo con las áreas financiera, tributaria o con la estrategia del negocio.
Cuando sale bien, la sensación es de suerte. Cuando no, aparece el discurso de que “esas convocatorias son políticas”, “eso no es para nosotros” o “no tenemos tiempo para tanto papeleo”.
Este comportamiento reactivo tiene varios efectos colaterales:
- Los proyectos termian respondiendo más al texto de la convocatoria que a los grandes problemas u oportunidades del negocio.
- La empresa acumula desgaste interno, porque cada proceso es una maratón improvisada.
- A tasa de aprobación tiende a ser baja, debido a que las propuestas no nacen de una refleción estratégica ni se maduran en el tiempo.
- La capacidad de innovar se vuelve algo episódico, en lugar de un sistema que aprende y mejora de forma continua.
En un contexto en el que el país busca multiplicar el esfuerzo en CTI, esta forma de trabajar resulta demasiado corta frente a la ambición planteada en el CONPES y en el Plan Nacional de Desarrollo.
Qué significa tener una “cartera continua” de innovación
Una cartera continua de proyectos de innovación es, antes todo, un cambio de mentalidad.
En lugar de empezar por la convocatoria, la empresa comienza por los grandes desafíos estratégicos: competitividad, ESG, transformación digital, agro sofisticado, logística inteligente, transición energética, salud, entre otros.
A partir de ahí, esos desafíos se traducen en líneas internas de innovación y, dentro de cada línea, en proyectos concretos:
- algunos aún en nivel de idea o estudio de viabilidad;
- otros en fase de I+D más intensa, prototipos y pilotos;
- algunos ya listos para escalar, que requieren nuevas plantas, tecnología adicional, expansión de mercado.
La empresa pasa a tener un verdadero pipeline de proyectos, en diferentes niveles de madurez y con diferentes horizontes de tiempo. Convocatorias, beneficios tributarios y créditos de fomento entran después, como fuentes de financiación para ese pipeline, y no como el punto de partida.
Do reto de negócio ao pipeline de projetos
Construir esta cartera comienza con una conversación seria sobre la realidad de la empresa.
Primero, es necesario mapear dónde están los puntos de dolor y las oportunidades: altos costos logísticos, desperdicios en procesos productivos, dependencia de insumos importados, exigencias de clientes internacionales en ESG, presión por la digitalización, necesidad de aumentar el valor agregado en el agro o en la industria, entre otros.
Cada uno de estos temas puede dar origen a uno o varios proyectos. Por ejemplo, una empresa con ajustar su exposición logística puede diseñar un proyecto de ruteo inteligente con analítica de datos, otro de flota más limpia y eficiente, y otro de trazabilidad para integrar mejor transportadores y clientes. Una compañía agroindustrial puede trabajar en nuevos productos de mayor valor unitario, soluciones de agricultura de precisión y modelos de integración con pequeños productores.
Lo importante es que estos proyectos tengan sentido por sí mismos, incluso si no existiera ninguna convocatoria en el horizonte. Son respuestas estructuradas a desafíos estratégicos, no simples adaptaciones creadas para diligenciar un formulario.
Luego, conviene clasificarlos por nivel de madurez: ideas en exploración, proyectos en desarrollo (I+D propiamente dicha), pilotos en validación con clientes e iniciativas en fase de escalamiento productivo o comercial. Esto permite mantener un flujo constante: mientras algunos proyectos finalizan, otros ya avanzan para ocupar su lugar.
Cómo este pipeline se conecta con convocatorias e incentivos
Una vez que la cartera está mínimamente estructurada, surge la pregunta que cambia el juego:
“Dado nuestro pipeline, ¿qué proyectos encajan mejor con cada instrumento de financiación disponible?”
Aquí entra el ecosistema público y parafiscal colombiano.
De un lado, están los beneficios tributarios por inversión en CTeI, que permiten a las empresas deducir el 100 % de la inversión en I+D+i de la base de renta líquida y, adicionalmente, descontar el 25 % de esa inversión son directamente del impuesto a pagar,
alcanzando un alivio económico que puede acercarse al 50 % del valor invertido.
Estos incentivos se operacionalizan a través de convocatorias de Minciencias, como la Convocatoria 970 de 2025, que conforma un listado de proyectos de I+D+i ejecutados por empresas contribuyentes del impuesto de renta y avalados por un actor reconocido, para que puedan acceder al crédito fiscal del 50 % o al descuento del 30 %, conforme a los artículos 256 y 256-1 del Estatuto Tributario.
Cuando la empresa analiza su cartera, empieza a tener un sentido más estratégico sofisticado:
- proyectos claramente de I+D+i, con alto contenido de generación de conocimiento, pueden prepararse con anticipación para ingresar a convocatorias de beneficios tributarios;
- iniciativas que requieren alianzas con universidades o centros de investigación encuentran un terreno natural en las convocatorias de cofinanciación;
- proyectos orientados al escalamiento productivo y a la expansión comercial se benefician del crédito de desarrollo, pero pueden respaldarse en un historial previo de I+D+i ya calificado con incentivos.
Lo que antes era una “corrida detrás de la convocatoria” se transforma en una arquitectura de financiamento de la inovación.
Gobernanza: quien cuida de la cartera
Nada de eso funciona si la empresa trata la innovación como un asunto aislado de un área técnica. Una cartera continua exige una gobernanza clara.
En la práctica, esto implica crear un espacio en el que participen de forma recurrente al menos cuatro perspectivas: innovación/I+D, operaciones, finanzas y tributaria; en muchas organizaciones, la sostenibilidad entra como un quinto eje. Este grupo no se reúne solo para firmar una propuesta: revisa el pipeline, define prioridades y hace seguimiento a resultados.
Es allí donde se discute:
- Cuales proyectos tienen mayor impacto potencial en en ingresos, productividad, posicionamiento competitivo e indicadores ESG;
- Cuales están lo suficientemente maduros para ser presentados a una convocatoria específica;
- como los beneficios tributarios y las distintas fuentes de financiación se reflejan en caja, EBITDA y riesgo.
Esta forma de trabajar está alineada con la visión de la política de CTI, que no busca únicamente más proyectos aprobados, sino proyectos con resultados medibles y coherentes con el desarrollo social, económico y ambiental del país.
Métricas: medir la cartera, no solo las convocatorias ganadas
Cuando la empresa abandona la visión de la convocatoria aislada y empieza a operar con un pipeline, también debe cambiar sus indicadores.
Deja de tener sentido contar únicamente “cuántas convocatorias ganamos este año”. Lo que pasa a importar es, por ejemplo, qué proporción de la inversión anual en innovación está apalancada con alguna combinación de convocatorias, beneficios tributarios y crédito de fomento; cómo evoluciona la inversión en I+D+i como porcentaje de los ingresos; y cuánto de esa cartera se traduce en nuevos productos lanzados, mejoras claras en costos y productividad o avances en metas ambientales y sociales relevantes para clientes y reguladores.
Al mismo tiempo, la tasa de aprobación en convocatorias tiende a mejorar, precisamente porque los proyectos no se construyen a última hora. Son iniciativas maduras, alineadas con las líneas temáticas definidas por el gobierno, que apoyan la agenda de reindustrialización y transformación productiva y encajan mejor en los criterios de evaluación que Minciencias y otras entidades comunican.
La convocatoria como parte de un sistema, no como evento aislado
Colombia vive un momento particular: por un lado, la presión fiscal y las discusiones sobre reforma tributaria recuerdan que cada peso de beneficio debe justificarse en términos de impacto.
Por otro, el país ha trazado una ruta para convertir el conocimiento en un motor central del desarrollo económico y social, con metas explícitas para elevar el esfuerzo en I+D y con instrumentos concretos para estimular la inversión privada.En este escenario, la pregunta correcta para un CEO, un CFO o un director de innovación ya no es “¿vale la pena aplicar a esta convocatoria específica?”, sino:
¿ Cómo esta convocatoria, estos beneficios tributarios y estos instrumentos financieros ayudan a financiar nuestra cartera continua de proyectos de innovación en los próximos 3 a 5 años?
Cuando la organización construye este pipeline, consolida su gobernanza y aprende a conectar sistemáticamente los proyectos con los instrumentos de financiación, cada nueva convocatoria deja de ser un evento estresante y pasa a ser una oportunidad más para acelerar una agenda de innovación que ya está en marcha, con impacto claro en competitividad, crecimiento y contribución a la transformación productiva que el país se ha propuesto alcanzar.



